sábado, 23 de noviembre de 2013

LA TÉCNICA DE LA ACUARELA: ALGUNOS COMENTARIOS DE DOLORES FRANCO




En una entrada reciente, de 1 de septiembre de 2013, reproducía yo aquí unas declaraciones de Thomas Schaller, en las que calificaba a la acuarela de “escenografía”.
Esta idea me parece francamente interesante, aunque quizá toda la pintura y más la figurativa, e incluso toda obra artística, tenga ese carácter escenográfico o teatral.
En efecto, una acuarela no debe ser  una copia o un intento de copia de la realidad, sino que es un “montaje”, es la selección de un fragmento de la realidad, que el pintor elige por algún motivo y que ofrece al espectador diciéndole: “Mira lo que hay aquí”.
 Y en esa propuesta que es el cuadro, el acuarelista transmite también una interpretación personal de esa parte de la realidad que ha elegido.
Sobre todo los principiantes  deben saber que no se trata de copiar la realidad tal cual es, a no ser que se utilice una técnica hiperrealista, que viene a dar como resultado una reproducción exacta, como de una fotografía. Y para eso ya está la fotografía, que tiene sus propios criterios artísticos, muy diferentes de los de la acuarela.
Por tanto, partiendo de la base de que no es posible reproducir la realidad en toda su variedad y multiplicidad, nuestra experiencia nos lleva a deducir que el acuarelista ofrece  siempre una visión propia, visión propia que realiza cada vez que  pinta, aunque no lo busque. La acuarela es siempre una interpretación, una esquematización del modelo.
Muchos artistas dicen que lo que los ingleses llaman “los valores” (esto es, el juego de claros y oscuros, de luces y sombras de una acuarela)  y la simplificación de las formas, son los elementos necesarios para que una acuarela funcione.
Y esto es así porque la simplificación del dibujo y la acentuación de claros y oscuros facilitan esa “visión propia”, ese “montaje teatral” que conlleva toda acuarela.
La simplificación del dibujo supone liberarse de la tiranía del detalle que existe en la vida real y además prepara el camino para que los colores hagan su trabajo, para que creen un ambiente, esa idea de conjunto  que es lo que una acuarela transmite.
Por todo lo anterior es muy importante la preparación de cada acuarela y a veces lleva más tiempo que su propia realización.
Lo más habitual es hacer un pequeño boceto a lápiz del tema a realizar en el que queden establecidos los “valores” que va a presentar el cuadro, del más claro al más oscuro.
Se suelen establecer tres valores: claro, medio y oscuro, y en el boceto a lápiz se marcan las tres tonalidades de forma que queda claramente prefijado antes de empezar a pintar dónde estarán las zonas más  iluminadas y sombreadas del cuadro, así como los tonos medios.
También tres suelen ser los planos que en profundidad existen en una acuarela: el fondo, el plano medio y el primer plano.
Esto nos ayudará después a la hora de pintar, ya que si ya tenemos estudiado de antemano dónde van los colores más claros, los más oscuros y los tonos medios y cómo vamos a articular los diferentes planos y  nos atenemos a ese estudio previo, nos quedará más tiempo para atender al control del agua y el color, aspectos que son tan absorbentes en la ejecución de la acuarela.
La simplificación es la base de ese mundo propio que se desarrolla en la acuarela. Como nos dice Castagnet, él cuando observa la realidad no piensa “Qué pongo” (en el cuadro), sino  “A ver qué quito, a ver con qué me quedo” y procura quitar el mayor número de cosas posible.
Todos los acuarelistas nos dicen que hay que usar el mínimo de pinceladas posible y que toda pincelada debe tener un sentido, una finalidad, si no es así no hay que darla.
 Ese es el principio de “menos es más”, como nos recordaba Janine Galizia, esto es, que se dice más, que el mensaje es más eficaz  con menos dibujo, menos colores, menos pinceladas, etc…


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